
Cuando me dijeron que tenía entradas para ir a ver una obra de teatro me alegré, buena excusa para cerrar un poco antes la tienda y culturizarme un poco, que hacía tiempo que no pisaba el Principal, con lo aficionado que fui en su momento. Luego me informaron que era una obra de Concha Velasco, y eso me restó un poco de alegría, relacioné a la actriz con su vena más ligera, y erré.
La obra está basada en una obra de Roman Gary, y a su vez en la adaptación teatral que se hizo de la misma en Francia por Xavier Jaillard. Aunque en la misma aparecen cuatro personajes, en realidad dos de ellos son circunstanciales, y las casi dos horas de obra -sin interrupción- se resumen a un diálogo entre Concha Velasco (Madame Rosa) y Rubén de Eguía (Momo).
Ella interpreta a una ex-puta, judía, superviviente de los campos de concentración nazis, que se dedica a cuidar de los hijos de otras compañeras de profesión que no pueden cuidarlos (los “hijos de puta”). Momo es uno de estos últimos, de hecho, el último que queda a su cargo, porque Madame Rosa tiene ya sus años.
La obra gira en torno a la vida en común de estos personajes, de como Momo deja atrás la adolescencia y comienza a descubrir la vida, y como Rosa empieza el camino de vuelta de la vida, cada día recogiéndose más, cada día teniendo más temor a sus fantasmas.
Llega un punto en que terminas por aceptar que la obra no es muy cómica, que les ha quedado poco chistosa para ser una comedia, más bien tirando a aburrida. Hasta que llegan los minutos finales y te das cuenta de que no es una comedia, sino un drama espectacularmente sensible, que se ha hecho hueco en ti poco a poco y, de repente, te pega un zarpazo desolador. Y mientras todo eso se desarrolla, van colocándote unas reflexiones de los personajes, a priori comentarios sin importancia, sencillas explicaciones sobre la vida, la religión, el estado, la prostitución, el racismo, la eutanasia… poco a poco vas asimilando que no son comentarios sin más, que están cargados de un razonamiento primario, sencillo y contundente, ahondando en las raices más básicas. Realmente, muy buena.
Increible por cierto, Concha Velasco que, con 70 años, la tienen que seguir caracterizando de anciana, y ni con la magia del maquillaje y del vestuario teatral consiguen que lo parezca.
De Alicante ya han salido -sólo tres días tenían programados-, pero si eres de otra ciudad y pasan por ella, no te prives de esta obra.



