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Siempre lo he sabido, para mi la Playa de San Juan es algo especial; cuando le digo a los amigos que a mi me gustaría vivir en la playa siempre me miran con cara rara: ¿en la playa? pero si allí no hay nada… ya. Por eso. Y porque sí que hay muchas cosas para mi. Hay recuerdos. Muchos. Quizá los mejores de mi ¿juventud? ¿adolescencia? llamarlo como querías.

Recuerdos del apartamento, de todos los amigos que conocí allí, un apartamento que por casualidades de la vida estaba lleno de gente de mi edad que compartían mis gustos: o eran jugadores de rol, o les gustaba el rollo político-radical, o ambas cosas. Guillermo y Javi Bueno y sus canciones guitarra en mano “esta es la historia de un sabio…”. Alfredo y Titín (KBKS). Nacho. María y Mavi. Allí hacíamos unas fiestas a mitad de agosto y nos encargamos durante unos años de la barra. Un montón de chavales de 16 ó 18 años a cargo de una barra llena de bebida, un equipo de música, y un montón de sardinas que preparar para los abueletes de la urbanización. La combinación explosiva deparó noches inolvidables. Algunas os las puedo contar, pero no aquí, mejor delante de una botella de ribeiro.

Recuerdos de 2 meses de borrachera continua, todos los días, por deporte. En aquellos bares que ya no existen: el Black Dog, el Apache (sí, sí, ambos tenían una sucursal veraniega), o los que sólo eran patrimonio playero: el Panchito ( y aquel concierto de los Crayfish a media tarde), que luego sería El Ghetto llevado por los mismos que antes tenían otro pub frente al Panchito que nunca recordaré su nombre pero nunca olvidaré sus calimotxos de litro. El Frontera, donde contra toda lógica estuve poniendo música un verano con sólo 18 ó 19 años… y la Santa Sed, gestionado por Johnny (en aquellos tiempos del grupo Senda, y ahora cantante de Overlife). La Duda, allí tan apartado pero que siempre tenía nuestra visita. El Kolokón, llevado por nuestros colegas que en invierno gestionaban el Gasoil de Alicante. Y sin olvidar el Mozart, donde estaba mi amigo de la infancia Manu de camarero vocacional, y que era nuestra cita obligada para vernos de año en año.

Recuerdos de Ana y Caparra, que vivían en unos apartamentos en dirección a Campello; de los macrobotellones en la urbanización con sillas, mesas, bocatas y de todo en pleno cesped; y sin olvidar el macrobotellón playero que nos montamos en la arenita de San Juan con 30 ¿40? muchos litros de mojito…

Recuerdos de Santi de Vigo, que junto a Manu, me enseñaron eso del rol, y las interminables partidas de Stormbringer en el Leo; y las mañanas en la academia con Sira, haciendo de todo menos estudiar; y el Maralic, que grande el Maralic; y las búsquedas a pleno sol de un kiosko que vendieran comics, y ese ejemplar de Surco de la Patrulla X, ¡Corre por tu vida, Kitty Pride!, que releí hasta saberme de memoria.

Recuerdos de las tardes, noches, días, perdidos en la urbanización Adra, de mis colegas Lastra, Vicen, Pedro y Luis, haciendo los salvajes hasta límites que ni con una botella de ribeiro me sonsacareis.

¿Loco? No, creo que ha quedado claro que no estoy loco. Me encanta la playa porque está desierta, no vive ni cristo aquí. Así que nadie te molesta cuando saco al perro a pasear a la playa. No hay colas ni problemas de aparcamiento. Todo está tranquilo y silencioso. Para que pueda regocijarme en mis mejores recuerdos. Para que pueda ser feliz como lo fui. Aunque sólo sea durante dos meses al año.

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