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Por fin se juzga en Camboya a los responsables del genocidio camboyano.

La cruledad de los Jemeres Rojos se pueden visionar resumida en películas como Los gritos del silencio, aunque leyendo sobre el tema descubres más detalles escalofriantes.

Cualquier asesinato (cuanto más un genocidio) por ideas políticas es despreciable y horroroso, especialmente cuando lo comete el estado gobernante. Pero quizá lo asumo mejor cuando los degraciados que lo practican son dictaduras de extrema derecha, me han acostumbrado a verlo como una parte intrínseca de su política. Pero cuando unos fanáticos se escudan en ideas teóricamente encaminadas a mejorar la vida de todo el pueblo, aquellas que deben reparar las injusticias y desequilibrios sociales de sistemas anteriores, para cometer un genocidio y matar de hambre o golpeando contra un arbol a casi 2 millones de personas, teóricamente a la gente que deberían proteger… entonces, realmente me dan ganas de vomitar.

Hace tiempo leí un artículo de Perez Reverte titulado Churras, merinas y esvásticas. En él reprochaba a un articulista que había comparado la revolución soviética con la dictadura nazi. Después de muchas razones, terminaba diciendo que no se podía comparar a unos estirados que hacían el paso de la oca obsesionados con la pureza de la raza, con un pueblo oprimido que mandó a tomar viento fresco a unos zares que les habían estado puteando durante demasiado tiempo. Que no le mezclasen las merinas con las esvásticas. Y estoy completamente de acuerdo con él, como en casi todo lo que escribe. Desgraciadamente, lo que hizo Pol Pot sí es comparable. No tiene nada que ver con una revolución comunista.

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