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Hoy salía en Público un artículo sobre los municipios que se han declarado antitaurinos en el estado, la mayoría catalanes, además de las Islas Canarias que lo hicieron en bloque.

Estas localidades se han declarado abiertamente antitaurinas, pero muchas otras simplemente optan por un recurso más sencillo y también efectivo, aunque menos romántico: quitarles las subvenciones.

Según el INE, un 45% de los españoles está en favor, un 40% en contra, depende las fuentes el porcentaje de interesados en las corridas desciende hasta un 30%. En Catalunya sólo un 20% se declaran seguidores.

En resumen, que la cosa está malita para los taurinos, cada vez es más difícil explicar que realizar un espectáculo brutal y sangriento, en el que se tortura un animal hasta la muerte (sin contar en los riesgos derivados hacía las personas, ya sean toreros, mozos que corren delante de los animales, etc), es una fiesta civilizada.

La sociedad avanza, se civiliza, le guste a los conservadores o no. Maltratar animales embrutece a la sociedad, más aún cuando es por gusto. Una sociedad embrutecida es más insensible a los problemas ajenos.

En cualquier caso, una actividad tan debatida, que alrededor de la mitad de la población está en contra de su realización, y que se sustenta en una excepción a la ley de protección animal, sobra. Punto pelota.

No sólo estoy en contra de los festejos taurinos por su crueldad gratuita, además me jode que sea la imagen que exportamos, es muy triste.

Estas tradiciones crueles deberían ser historia, y las leeríamos en los libros y sonreiriamos, que brutos éramos antes los españoles, joder. Así será dentro de poco, de eso no me cabe duda.

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