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El viernes en la Playa de San Juan se nos acopló durante el paseo de nuetsro perrete otro perro. No paraba de seguirnos y nadie parecía prestarle atención. De hecho nos siguió hasta el apartamento donde vivimos. El perro era una mezcla entre Golden Retriever y mastín: tenía la forma del primero y el tamaño del segundo. Nosotros teníamos que ir a hacer una sesión de fotos para Amnistía Internacional a Mutxamel y luego irnos a dormir a casa de los padres de mi compañera en Alicante. Así que hicimos lo que cualqquier joven empresario atareado con cosas importantes haría: subir al perro al coche y llevárnoslo a la sesión de fotos, posponiendo lo de dormir en Alicante para el día siguiente.

Luego lo llevamos a un veterinario de Mutxamel. Llevaba chip. Vale, guay. Vamos a llamar a los números de teléfono. Nada. El fijo no existe y el móvil pertenece a un chaval de Barna que dice no tener nada que ver con ningún perro, y que hace un par de días ya le llamaron por el mismo asunto (alguien debió hacer la misma operación que nosotros, pero al no encontrar al dueño lo debió de dejar de nuevo en la playa). Bueno, el caso es que no sabemos que hacer y vamos a nuestro veterinario de toda la vida en Alicante (C/ Juan de Herrera, pregunten por Nacho); él no estaba pero una de las auxiliares, Mari Carmen, se quedó con nuestro teléfono para ver si le encontraba dueño.

Al final la noche la pasó en nuestra terraza. A la mañana siguiente llamamos a un montón de veterinarias y alguna protectora para ver si alguien lo había reclamado o el chip lo habían puesto ellos. Nada. Nos dimos un paseo de 2 horas y media por el Cabo y la Playa, visitando tiendas de animales y preguntando a la gente que veíamos con perros, a ver si a alguien le sonaba. Nada.

Finalmente, con un nudo en la garganta, tuvimos que llamar a la Protectora de Alicante para que lo recogieran. Hacía tiempo que no lo pasaba tan mal. Era un animal super chulo y super noble. Al menos el trato con la Protectora fue muy bueno, no como en experiencias anteriores de años atrás.

La cosa se quedó ahí. Con un sentimiento de impotencia y con ganas de encontrar al que lo abandonó para explicarle el principio de arquímedes a  lo práctico. Pero ayer recibimos una llamada. Era un amigo de la auxiliar de la clínica veterinaria Juan de Herrera. Antonio, que es como se llama el chico, decía que lo adoptaba él, que ya tenía perro y que llevaba tiempo buscando una grandote y bueno. Cruzamos los dedos. Quedamos con él para ir a recogerlo esta mañana a primera hora.

Ahí hemos estado todos, antes de que abra la protectora, en la puerta. Minutos después el milagro doméstico ocurría. El chico de la protectora lo ha sacado y me ha dicho que lo aguante (el momento de la foto). No he llorado porque los tíos duros de la izquierda revolucionaria no derramamos lágrimas, o quizá porque ya las gasté este fin de semana.

Esta vez ha acabado bien la historia. La mayoría de las veces esto no termina así. Quizá porque nadie se preocupa (la gente nos decía que por qué no lo habíamos dejado en la playa), quizá porque las leyes no son lo sufientemente duras contra la gente que los abandona. Pero bueno, esperemos que si os encontráis a algun perrete dando vuelktas, desorientado, dediquéis un poco de vuestro tiempo en él: normalmente lo perdemos en cosas mucho más absurdas y menos gratificantes.

taz23

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