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Vivo en el centro de Alicante, muy cerca de la Plaza de los Luceros. En un piso de altura baja junto a un semáforo… y paso hasta límites inimaginables del “fúrbol”.

Así que soy un desgraciado. Porque cada vez que gana el barça una copa, o el Madrid, o la selección, o el equipo mixto de waterpolo de Sevilla, tengo bajo mi ventana un escándalo insufrible de ciudadanos con las facultades mentales alteradas debido al subidón de adrenalina que les ha causado la victoria de su equipo… estos ciudadanos me hacen partícipe de su alegría a base de pitadas, gritos, canciones coreadas, petardos, quemadas de rueda de moto… por supuesto a mi y a todos mis vecinos (incluyendo bebés, ancianos, enfermos…). El efecto más leve que causan con su intento de contagiar su euforia es que de inicio me quedo sin la posibilidad de ver mi serie favorita… luego comienzan mis instintos sociópatas a aflorar.

Me intento poner en su lugar: que gane las elecciones con mayoría absoluta mi partido político favorito, que me toque el euromillón, o que Fermín Muguruza actúe en el Ría de Vigo el día de mi cumpleaños… no, definitivamente debo ser muy frío, porque en ninguno de esos casos se me pasaría por la cabeza salir a media noche a contagiar mi alegría al resto de Alicante, les interese o no -por supuesto- el motivo de la misma.

Evidentemente, como diría Homer Simpson, estoy tratando de ser irónico. Bueno, en realidad estoy dejando un mensaje a los CSI, por si acaso alguna vez tienen que investigar el caso de un sujeto que -kalasnikov en mano- se dedicó a abatir hooligans en el centro de Alicante.

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