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Leo en el blog Testigo Accidental, http://www.testigoaccidental.com/2009/05/terrorismo-impune.html, que suelo leer de vez en cuando, un post sobre la posible ilegalización de ciertos partidos de ultraderecha, que siguen según el autor “sin condenar el terrorismo fascista, defendiendo la xenofobia y la tiranía e incluso a sus ejecutores”.

Bueno, en el artículo no estoy exactamente de acuerdo, ya que a priori estoy en contra de ilegalizar partidos políticos. Entiendo el dilema que plantea, pero me inclino más a terminar el razonamiento pidiendo que no se ilegalice a nadie, frente a la opción de que ilegalicen a todos los que se pasen de la raya lo más mínimo. Me tendrían que justificar muy claramente que realmente fueran el brazo político y sustento económico de un grupo terrorista o paramilitar o de una banda de criminales.

El mero hecho de promover la violencia, o apoyarla más o menos disimuladamente, me parece un razón débil. Quiero decir, si un partido promueve la violencia racista y cada vez que hace una manifestación unos “incontrolados” le pegan una paliza a una persona de otra raza… pues sí que habría que estudiar ilegalizarlos; pero si la sangre nunca llega al río, pues la historia cambia mucho. No es lo mismo quemar una foto del rey que atentar contra él; no es lo mismo escuchar Soziedad Alkohólika que ser un terrorista; no es lo mismo escribir libros negando el holocausto que ser un asesino de masas. No es lo mismo en ninguno de los casos anteriores -independientemente de los que resultan agradables y los que me resultan deleznables-, o al menos, no tiene porque ser lo mismo.

En resumidas cuentas, lo que quiero expresar es que no me gustan las ilegalizaciones de partidos (ni de ideas en general), y que como señala muy bien un tal Oscar que comenta el citado post:

“No comparto para nada los idearios de los partidos que mencionas, pero considero que están “ilegalizados” con el poco apoyo popular, y considero que es mejor eso que la ilegalización judicial.”

Mejor dicho, imposible.

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