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Ayer me sorprende nuestra querida alcaldesa de Valencia con unas declaraciones que destacan por su ingenio: que nos leamos todos bien la ley, que el presidente de la Comunidad de Cantabria también le regala anchoas a Zapatero, que la ley debe ser igual para todos, que por qué a unos no le pueden regalar trajes y a otros sí anchoas…

En fin, triste la política que tiene que hacer el PP para intentar que no se hunda su barco (bueno, su velero mejor); triste que vendan mensajes tan sencillos (aunque no tenga una base lógica) para que hoy sus hordas salgan a la calle, cargados de argumentos para discutir al compañero de trabajo sociata mientras se comen el pincho de tortilla de las 12.

El problema no es que a un político le regalen una anchoa, un ramo de flores, o una camiseta de la peña lírica ilicitana; el problema es cuando ese regalo se hace de forma privada, y cuando a cambio se consigue que el político parta las facturas de una serie de contratos (para que no alcancen el mínimo para tener que someterlas a concurso) y se las conceda a dedo al obsequiador (que pasa a ser obsequiado).

Contra la corrupción habría que ser implacable, sea del color que sea… por eso me da vueltas la cabeza y empiezo a sentir nauseas cuando la gente no sólo no la condena, sino que encima la justifica o la infravalora ¿cómo se puede ser tan fanático? Si un tío es un ladrón y un jeta, lo es independientemente de si es sociata, pepero o verde europeo ¿tan difícil es ser imparcial?.

Dicen que a Camps puede que lo juzgue un jurado popular: saldrá absuelto. Si ese jurado es elegido representativamente a la población del País Valencià, como aquí son mayoría los peperos, pues no verán tan graves sus faltas; mientras, los jurados representantes de la parte proporcional de población de izquierdas, se pondrán una camiseta y saldrán a pedir firmas entre los alguaciles para mejorar las condiciones laborales de los jurados; ya, ya, se me olvida la parte proporcional de socialistas, pero es que no votarían porque habrían salido a tomarse un café, que preferían no tocar temas espinosos -decían-, como cuando se reunió su jefe con el cardenal de Valencia…

Vaya país, vaya paisaje y vaya paisanaje…

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