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El otro día -mas bien, noche- debatíamos plis play en mano sobre lo que identifica -políticamente- a la población hoy en día.

Cualquiera de nosotros nos movemos entre estos tres ejes, que identificarían la postura económica, la necesidad de libertad individual y la cantidad de cambios que necesitamos en la sociedad respectivamente.

La derecha-izquierda se identificaría con la voluntad de repartir la riqueza: cuanto más a la izquierda, más se busca el que se reparta la riqueza según las necesidades de cada uno; cuanto más a la derecha, que cada uno se apañe y que gane el mejor, caiga quien caiga.

El anarquismo-autoritarismo marcaría la diferencia entre quienes no quieren que se les imponga ninguna limitación en sus actos o en su forma de pensar, y quienes prefieren que un ente superior diriga nuestras vidas -con la consecuente pérdida de libertades- para conseguir más estabilidad y seguridad.

El conservadurismo-progresismo marca la diferencia entre los que no están dispuestos a que nada cambie, porque las cosas han sido siempre así siempre y han de ser así, y los que están deseosos a que renovemos la sociedad, a probar nuevos caminos.

Tradicionalmente identificamos sólo a dos tipos de personas: los de derechas-autoritarios-conservadores y los de izquierdas-anarquistas-progresistas. La mayoría de partidos políticos -sean del signo que sean- son los primeros que apuestan por esta bipolaridad, que al final desemboca, irremediablemente, en el bipartidismo y en el voto útil.

En realidad es mentira. Mentira cochina que decíamos en la guardería.

Han habido partidos comunistas (de izquierdas) tremendamente autoritarios (de hecho a un anarquista puro le salen sarpullidos de oir hablar de comunismo). También hay muchos comunistas tremendamente conservadores (ya sabéis, el mismo discurso de Marx, una y otra vez)… incluso hay anarquistas conservadores, que no tienen intención de renovar las luchas por las que empezó a teorizar Bakunin o Kropotkin (o como se leches se escriba) hace un siglo.

Los otros también existen, no es lo mismo un partido autoritario clásico (como los fascistas) a un PP, de corte mucho más neoliberal, sin entrar en los partido neoliberales totales, que existen por Europa pero que en España prácticamente no existen.

Reconociendo que las combinaciones clásicas están obsoletas, nos abrimos a un montón de posibilidades (no he estudiado estadística, pero creo que son 9 las posibles).

Para simplificar podríamos eliminar de la ecuación el factor anarquismo-autoritarismo. Casi nadie quiere vivir en un estado autoritario tipo Corea del Norte ni en un anarquismo total (que me faltan ejemplos actuales, claro). La mayoría queremos tener un grado de libertad bastante amplio, pero con unas normas básicas que mantengan el orden y eviten el caos que identificamos con la anarquía. Aceptamos unas reglas básicas, unos castigos moderados a quienes se las salte, y le lloramos un poco -tampoco mucho- al papá Estado cuando las cosas se ponen muy chungas. No creo que sea una simplificación que traiga mucho debate.

La siguiente simplificación que propongo es más dura: no creo que la gente se autodefina hoy día como de derechas o de izquierdas. Si la derecha absoluta fuera el capitalismo salvaje sin ningún tipo de control más allá de la famosa autoregulación del mercado, y la izquierda absoluta fuera el comunismo total, el reparto de la riqueza por división simple, en realidad la inmensa mayoría de la población ya ha elegido el sistema que le gusta: un capitalismo controlado, no mucho, pero controlado. Vivimos la época de las marcas, del consumo: el que más o el que menos tiene un iphone en el bolsillo y aspira a que sus facultades, iniciativas -o la pura suerte- le haga ganar algo más de dinero -unos más, otros menos- que cubra las nuevas necesidades que ha descubierto (el marketing no crea necesidades, las descubre, otro día hablaremos de la pirámide de Maslow). Como mucho aceptaría que hay una ligera diferencia entre quienes se inclinan más por incrementar los gastos sociales, y los que apuestan más por abonar el campo de la competitividad, y que gane el mejor. Con esto no quiero afirmar que el capitalismo es el futuro, ni que sea lo mejor, ni que vaya a ser siempre así… digo que es el presente.

Por eso mi propuesta es que hoy por hoy, nos dividimos básicamente entre conservadores y progresistas. Ahí sí que nos dividimos claramente, en esas discusiones sí que participamos todos en las cenas con los amigos o en el descanso del trabajo. Ya comentaba en otro post que el neo-conservadurismo iniciado en EEUU no había recibido su respuesta en un neoprogresismo igualmente consistente.

Los conservadores han renovado su discurso: intentan darnos razonamientos técnicos a las religiones, razonamientos sociales a la discriminación… sacan a relucir los derechos humanos para combatir el aborto, maquillando sus razones reales: el fundamentalismo religioso. No han cambiado su ideología, no han cedido ni un milímetro, simplemente se han adaptado.

Los progresistas no hemos adaptado el mensaje. Porque no nos hemos librado de la falsa creencia de que si eres progresista eres de izquierdas. Creo que hay muchos progresistas que se sienten confusos. Son progresistas socialmente, incluso a muchos esa posición les empuja a solicitar mayor gasto social -un principio de reparto de la riqueza- sin llegar a sentirse identificados con la izquierda tradicional. No quieren que se les cargue el lastre de tener que defender a Cuba o Corea del Norte, o el muro de Berlín, ni tienen ganas de solicitar todo el poder para los soviets. Todo esto les queda lejano, ajeno… de hecho contrario a sus principios, por ejemplo, la defensa de los derechos humanos.

Somos una generación de neo-progresistas sin un partido que nos aglutine. Estamos desamparados, porque sea cual sea el producto político que adquiramos, nos lo presentan en pack. Tenemos que comprar la caja de 8 yogures con los 2 odiosos yogures sabor a galleta. No los queremos, no nos gusta comérnoslos… a veces, como no hay más remedio, compras el pack, pero al final, o los tiras a la basura, o te acaban sentando mal.

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