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Ha vuelto a pasar el 1 de mayo. Las masas proletarias han vuelto a pasar bajo mi ventana camino del inicio de la manifestación tradicional, enarbolando sus tradicionales banderas rojas, coreando sus tradicionales lemas (un bote, dos botes, patrón el que no bote…)

Nunca me gustó el 1º de mayo, ni cuando militaba en EU. Me parecía una romería, tanto como el manifiesto comunista me recordaba una biblia, Marx un dios, y el Che Guevara un heroe de la mitología clásica. Nunca me gustó esa especie de religión. Nunca me han gustado las religiones ni los dogmas.

Pocas manifestaciones a las que he asistido me han causado una impresión de utilidad, de rebeldía, de protesta sincera, de unidad, de ganas de manifestar que las cosas han de cambiar. Desde luego, las del 1 de mayo nunca estuvieron en esa reducida lista.

La izquierda tradicional es feliz dándose un paseillo con sus banderas y sus globitos, desempolvando el megáfono, tarareando de nuevo la Internacional y disfrutando de una paella colectiva y fraternal.

Lo que no funciona, lo que no llega a la gente, no va a lograr su objetivo porque se repita un millón de veces. El mundo ha cambiado, la política ha cambiado, la izquierda no. Y, en días como éste, me da la sensación de que se regodea en ese inmovilismo.

Aún así, y pese a que no comparto sus estrategias ni parte de sus planteamientos, me alegra saber que siguen teniendo ilusión, que desean cambiar el mundo. Al final, si rascamos todas las diferencias, siguen siendo los míos, y aunque año tras año me seguiré desesperando de que vuelvan a entonar los mismos lemas de rima fácil, me seguiré sonriendo amablemente al oirlos y deseando que les siente bien la paella. Porque se lo merecen. Ya llegará el día en que todas las fuerzas progresistas sepamos escucharnos, hagamos una revolución en nuestros planteamientos y nos convirtamos en una fuerza política actual y potente. Ese día también comeré de la misma paella, aunque no sea 1 de mayo.

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