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Felipe parece que no se resiste a permanecer en el agradable y narcótico limbo de los ex-presidentes, cobrando por presentar libros e inaugurar cursos de verano. Él necesita que recordemos lo importante que fue, el gran poder que ostentó y lo buenos que eran los políticos de antes, que ahora ya no los hacen de tanta calidad. Para ello, de tanto en tanto, suelta alguna declaración que consigue portada en los medios nacionales, normalmente refugiándose en la pomada del tiempo pasado. Ejemplo, el de este fin de semana, cuando se sacó un cuento de la manga en el que se veía a él frente a un botón rojo: si lo apretaba la cúpula de ETA hubiera sido aniquilada, si no, quedarían libres: como en los malos cuentos, no hay opción intermedia, aunque cueste imaginar que puedes hacer volar por los aires a toda la cúpula de ETA y no puedes rodearlos, pero bueno, así son los ex-presidentes, viven la vida al límite: todo o nada.

Como si fuera un viejo dilema resobado al estilo de aquel de “si estuvieras en 1939 con una pistola y te encontraras a Hitler, ¿lo matarías?”, Felipe nos transmite que en aquel momento le dio cosa dar la orden (parece ser que, entre otras cosas, por lo quen opinarían los otros paises europeos, tela…), pero que no sabe si se arrepiente. En fin, que se regocija en sus dilemas pasados, dilemas incomprobables y que perfectamente pueden ser fruto de sus sueños más húmedos, dilemas que no sabemos muy bien qué buscan conseguir transmitiéndonoslos. ¿Quizá limpiar su imagen, para siempre dañada con la sospecha de que él fuera la mano que movía el GAL? Si es así, ha elegido una forma muy cutre. O eso me parece a mí. Igual es que habla en el idioma de los políticos de antes.

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