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Llevo tiempo observando como los sindicatos y partidos políticos de izquierda siguen considerándonos obreros. Como asumen que somos obreros, consideran que nuestra fuerza a la hora de reivindicar nuestros intereses son las huelgas. En los tiempos dorados de la clase obrera -cuando sí éramos obreros- si dejábamos de trabajar, se paraba la producción y el patrón dejaba de poder vender su producto y, por extensión, ya no podía comprarse sus clásicos básicos: su puro y su chistera. La pequeña diferencia es que en aquellos tiempos todo lo que se producía se vendía, el negocio era producir cuanto más mejor. Por eso me llama la atención cuando, en un momento de crisis como el actual, se trata de presionar dejando de ir a trabajar, cuando para muchos empresarios dejar de pagar un día a sus trabajadores es casi un alivio; dejar de producir un día significa tener menos stock acumulado.

Los movimientos ciudadanos siguen considerando que somos ciudadanos, y por ello asumen que nuestra fuerza a la hora de reivindicar nuestros intereses es la protesta pública ante el resto de ciudadanos: manifestarnos. Pero ya no existe un foro como en la Grecia clásica donde asistir a compartir con nuestros iguales nuestras inquietudes, ya no existe una comunidad universitaria ávida de cambios y progreso como en el siglo pasado. Eso era cuando éramos ciudadanos. Ahora cuando hay una manifestación, los observadores sólo consideran que están ante una molestia innecesaria.

Creo que, nos guste o no, somos consumidores. Quizá no sea tan romántico, ni tan efectista. Pero para reivindicar nuestros intereses sólo tenemos que organizarnos como consumidores activos y cabreados. Ninguna empresa o gobierno, ante una amenaza a su facturación o presupuesto, es inmune: L’Oreal, con sus millones de euros de beneficios, tuvo que dejar de testar en animales cuando se inció el boicot contra sus productos; la campaña de Greenpeace contra Nestlé -nada más y nada menos que Nestlé- duró pocos meses hasta que la multinacional cambió sus formas de producción.

Asumamos nuestra realidad, y utilizémosla. Si el día que se aprobara la ley Sinde, 500.000 usuarios llamaran por la noche a Telefónica y a Ono para dar de baja su ADSL, os aseguro que esa ley la tumban, esa y cualquiera.

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