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Estas semanas me sorprendía constantemente: primero viendo los levantamientos de ciudadanos de los estados árabes diciendo Basta ya a la corrupción y dictaduras, algo que no me esperaba para nada… luego seguí sorprendiéndome al comprobar que los caudillos iban retirándose sin grandes derramamientos de sangre… las revoluciones perfectas, derrocar un tirano a base de Twitter y sentadas, como en Portugal pero sin claveles. Genial.

La euforia continuó con el levantamiento en Libia. Sólo que Gadafi es Gadafi. Llevaba 40 años de dictadura muy particular, y no tenía intención de tomarse la jubilación anticipada. Pese a que los primeros días fueron esperanzadores, y los rebeldes avanzaban a buen ritmo, ya se notaba una importante diferencia con sus revoluciones hermanas: aquí sí que necesitaban las armas para tumbar a Gadafi. A éste le costó unos días hacerse con el control de la situación, pero en cuanto consiguió ordenar sus tropas empezó a acorralar a los rebeldes hasta confinarlos en una pequeña zona. La cuenta atrás era demoledora, cada día los informativos anunciaban que a los rebeldes les quedaba un día menos para acabar arrasados…

Y en ese momento fue cuando más me sorprendí: la ONU aprobaba un plan de intervención para liberar el espacio aéreo y evitar la masacre de civiles… y de facto, sin más reuniones ni declaraciones vacías, los cazas franceses despegaban y empezaban a hacer saltar por los aires tanques de Gadafi. Alucinante. Por una vez no han esperado a mandar a los cascos azules sólo para cavar tumbas.

 

Y en medio de mi regocijo me encuentro con que en las redes sociales empiezan a comparar Irak con Libia, y se comienza a reciclar aquel famoso No a la guerra… y me vuelvo a sorprender, pero esta vez de forma amarga.

Más que sorpenderme, alucino. Alucino con que se quiera comparar Irak con Libia: en Irak no hubo resolución a favor de la ONU, sino todo lo contrario (y es uno de los argumentos que siempre se esgrimió desde los movimientos anti-guerra); en Irak se ocupó el país con tropas de infantería, en Libia no hay autorización para desembarcar; en Irak se esgrimía como razón la búsqueda de unas armas inexistentes, aquí Gadafi esté de hecho utilizando armas contra la población; en Irak no había ningún motivo de urgencia para invadirlo, aquí cada hora los rebeldes estaban más cerca de ser aniquilados. Público lo resume bastante bien hoy en un artículo.

Me sorprende además que la solución que me ofrecen mis antagonistas de debate sea solidarizarse con el pueblo Libio, no vender armas a los dictadores, no implicarnos en una guerra civil que nos es ajena y poner un puesto de la Cruz Roja en la frontera.

En fin: estoy seguro que estas situaciones se solucionarían mejor por la diplomacia preventiva, y efectivamente es una verguenza que vendamos armas a este tipo de estados. Seguro. Pero a veces toca ser prácticos, y si la realidad es que están arrasando a unos rebeldes por intentar derrocar a su tirano de turno, el mensaje de “Ánimo chavales, si todo es culpa nuestra, que le vendimos armas a vuestro odiado líder; prometemos no venderle más, así dentro de 40 años no se repetirá esta situación…”, supongo que los dejaría con cara de poker, y con unas ganas enormes de pegarnos dos leches,  a ver si espabilamos.

Pero sigo alucinando cuando me remonto atrás, hasta la guerra civil, y recuerdo la cantidad de veces que la izquierda se lamenta de que los estados europeos nos dejaran tirados: entonces, en nuestra guerra civil, sí que reivindicábamos que los estados extranjeros nos ayudaran a derrocar al tirano. Curioso.

 

Todos estos debates los mantuve sin que Equo se hubiera pronunciado oficialmente. Luego pude comprobar que efectivamente estábamos en la misma onda, como de costumbre. Esta postura, por supuesto, le ha costado a Equo una lluvia de insultos y rasgar de vestiduras. Yo me alegro sinceramente de que hayan partidos progresistas que, siendo conscientes de los peligros que conlleva cualquier intervención armada, y exigiendo que se minimicen y controlen, apueste por la opción nada cómoda pero valiente de apoyar la intervención.

¿Por qué la apoyamos? Porque estamos pensando en los civiles Libios, porque preferimos que se acabe una dictadura de 42 años de duración, porque somos prácticos, porque somos realistas, porque no nos importa ser incómodos ni recibir críticas.

En este caso lo fácil es hacer una sentada, mostrar nuestra solidaridad y mandar buenas vibraciones. No creo que si estuviéramos en la piel de los rebeldes libios, captáramos tales vibraciones. Estaríamos muy ocupados intentando que no nos machacara Gadafi.

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