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Fernando Beltrán de El Nombre de las Cosas

Tengo que reconocer que había oído hablar de su empresa, El nombre de las cosas, al menos si no de nombre, sí el concepto de a lo que se dedicaban; pero nunca me había interesado especialmente hasta que Juantxo López de Uralde me dijo que era el fundador de esta empresa, Fernando Beltrán, quien había bautizado como Equo el nuevo partido que había promovido el ex-director de Greenpeace.

Equo es la suma de dos palabras, equidad (haciendo referencia a un concepto creo superior moralmente a la igualdad pura) y ecología. Esa palabra nueva, Equo, recoge el contenido básico del nuevo partido sin tener que ser horriblemente descriptivo y, por tanto, inmovilista, como tradicionalmente se ha hecho con las formaciones políticas.

No puedo negar que me sorprendió esta solución “nominal”, y me hice con el libro que precisamente acababa de publicar Beltrán, cuyo título es el mismo que el nombre de su empresa, y en que explica qué es esto del naming, cómo surge la idea y cómo va creciendo la empresa.

Fernando ha sido el culpable de parte de los nombres más geniales entre las marcas españolas, pero si alguna de sus creaciones me llama poderosamente la atención es Amena.

Amena fue una de las primeras compañías de telefonía alternativas a Telefónica en el momento en que se liberalizaron las comunicaciones. Aprovecharon este vuelvo legal para aparecer en escena y convertir su opción empresarial en un derecho, en una reivindicación: sus usuarios ya no tenían que pasar por el aro de Telefónica; ahora era libres de elegir tu compañía de telefonía móvil. Y ese fue precisamente su eslogan: libre. De hecho, sus anuncios adoptaron la versión del tema Libre de Nino Bravo realizada por El chaval de la peca -en fulgurante auge en esos momentos-, con la compañía de un buen número de bailarines profesionales sobre un fondo blanco sin límites ni horizontes (muchas tomas se graban desde debajo de donde estaría el suelo incluso), y un arriesgado e innovador color verde pistacho (en contraposición al azul corporativo de Telefónica que tantos años habíamos asumido como único aceptable para hablar de teléfonos) que ayudaban a crear un buen rollo impresionante, a sentirte libre y querer dejar atrás los años de monopolio telefónico.

Con un trasfondo así, la elección de un nombre completamente distinto para esta compañía fue una genialidad, nada de Telefónica, nada de palabras inglesas mezcla de tecnología, telefonía y comunicaciones globales. Dado que la marca quería ser cercana, necesitaba un nombre cercano, que le recordara a la gente de la calle que esta compañía estaba allí para que ellos se pudiera conectar con los suyos, para tener conversaciones alegres, amenas. A veces las cosas están clarísimas, ¿no?. La genialidad es verlas así de claras en el momento preciso.  A eso se dedica Fernando Beltrán, y por eso estoy encantado de poder asistir a su charla la próxima semana en la Universidad de Alicante.

 

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