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Hace poco me respondía alguien en Twitter que la solución a este desastre pasaría por cambiar los políticos profesionales por empresarios de éxito; emprendedores que hubieran demostrado su capacidad de gestión en el mundo de la empresa, donde las arcas no se rellenan cada año y cada inversión debe tener un rendimiento; ese mundo en el que si gastas más de lo que ingresas, quiebras y te vas al paro con una bonita deuda al banco, no te reeligen; ese mundo donde conseguir cada euro ingresado es fruto de una iniciativa exitosa, no de una recaudación obligatoria.

Supongo que a mi interlocutor le faltó añadir que fueran empresarios que hubieran logrado su éxito de forma ética, porque de todo hay… Y cuando digo ética no me refiero a que hayan triunfado vendiendo placas solares (que tampoco estaría de más) si no, simplemente, que pese a saber que en la empresa jugamos a un deporte muy competitivo, no acepten cualquier medio para lograr sus objetivos.

Esa propuesta es una tecnocracia. Un gobierno formado por los mejores gestores posibles. Suena bien. Pero esa teoría tiene un fallo.

Recuerdo que cuando visité Amsterdam me explicaron que allí son tradicionalmente tan abiertos porque siempre han sido, ante todo, comerciantes; ¿Eres protestante y vienes a hacer negocios? Pues pasa.¿Eres católico y quieres comprar o vender algo? Pasa también. ¿Eres homosexual y quieres montar un establecimiento? Pasa y deja de contarme cosas que no me interesan. Me gustó esa filosofía. Pero supongo que esa mentalidad se tiene como estado o no se tiene, no creo que se pueda exportar sin más.

Una tecnocracia puede resolver el problema económico, pero el fallo reside en las políticas sociales. Tarde o temprano esos expertos tendrían que tomar decisiones que no sólo afectan al PIB, sino a la forma de ver el mundo de cada ciudadano, a su idea de libertad, respeto y tradición. Ahí se hundiría el proyecto.

La solución pasaría por seguir eligiendo a los políticos democráticamente; pero que en las listas de los partidos figuraran esos empresarios de éxito que compartiesen dicha ideología. Pero no es posible.

La política -al menos en España- está enfocada hacia la profesionalización política. En la época en la que más activamente milité en un partido, descubrí que los méritos para subir peldaños se sustentaban en la cantidad de horas que pusieras a disposición de la organización. Así pues, la inmensa mayoría de militantes activos (los que luego aparecían en los primeros puestos de las listas) tenían un perfil claro: gente con mucho tiempo libre. Así teníamos a liberados (los que trabajan cobrando para el partido), pensionistas, funcionarios (sobre todo profesores), estudiantes o parados. ¿Por qué es tan necesario tener tiempo libre? Porque la forma de hacer política en España pasa por asistir a muchas reuniones, celebrar encuentros con sindicatos o afectados varios, encabezar manifestaciones,participar en mesas redondas, colaborar en organizaciones sociales y, cuando estás un poco más arriba, dar ruedas de prensa y responder entrevistas. Si el partido es más “horizontal”, súmale discutir horas y horas en asambleas presenciales o virtuales sobre temas normalmente apasionantes (como el modelo de aire acondicionado que hay que adquirir para la sede).

Esa forma de hacer política, que se considera la única vía posible por todas las organizaciones actuales, es totalmente incompatible con la agenda de un empresario que tenga entre manos un proyecto de éxito; a no ser que esté tan terriblemente forrado y asentado que no necesite dedicarle nada de tiempo a su empresa; pero no conozco ninguno y quizá alguien con ese estatus no tenga moral. Porque si alguno diera el paso, descubriría que en España hay algo que nos gusta menos aún que la gente que tiene éxito en su empresa, y son los políticos. Aquí ponerse en primera línea sólo sirve para que te disparen desde todos los ángulos, la mayoría de las veces, desde la retaguardia. Y, aunque probablemente la política está demasiado bien pagada, seguro que gana más en su empresa.

Además los empresarios están acostumbrados a que el éxito reside en tomar las decisiones correctas, no en hablar sobre cuales serían. ¿Quién tiene la razón en el mundo de la empresa? ¿Quién ha apostado por el producto correcto? Es sencillo, basta ver la cuenta de resultados. Si al final se venden un millón de iPods en un mes, Steve Jobs tenía razón. Punto. No hay más debate. Y quien quiera discutirlo, adelante, pero la cuenta corriente del Sr. Jobs suele tener la última palabra. En política no se sabe, es todo un entramado de mentiras y opiniones subjetivas que sólo se pueden objetivar en votos… votos que, de forma añadida, no valen igual unos que otros, depende de como los cuente Hont. A Jobs le daba igual vender 10.000 iPods repartidos en 15 provincias o todos en la misma. La forma de contar los votos por aquí… bueno, ya sabéis que, como las relaciones de Facebook, “es complicado”.

Sería un experimento curioso el que proponía mi interlocutor; pero como os cuento, me parece poco viable. Mientras tanto, prefiero que al menos haya un cambio en los actores, y entren en escena políticos y partidos que tengan menos “deudas pendientes” con el chiringuito montado, que les de igual desmontar parte del negocio porque no tengan acciones en el mismo. Eso es una solución viable, posible: sólo hay que manifestarse en las próximas elecciones, en dirección a la mesa electoral, y votar diferente. Y no me digáis que más vale malo conocido que bueno por conocer, que no está el ambiente para frases hechas.

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