Hay dos tipos de intolerancia.

Una explosiva, vociferante, abanderada, directa; habitualmente nace de las circunstancias, del momento vital o social, eligiendo un enemigo -casi siempre inocente o víctima de otras circunstancias- al que culpar de su situación. Suele dar la cara, ocupar los noticiarios y, pasado el tiempo, agoniza y desaparece.

Pero hay otra, silenciosa, opaca, tranquila. Casi se ofende si la llamas intolerancia. Es antigua, con profundas raíces, y no considera que tenga un enemigo: no tiene un contrario digno, para ella los otros no son la opinión contraria, no se merecen tal respeto: simplemente están equivocados, meros imbéciles. No conoce otros problemas que no sean los suyos, no existen tales problemas. No cambia de opinión, no debate, no evoluciona, no duda. Se extiende como un virus, sin distinguir entorno político, social, espiritual o familiar. Simplemente continúa avanzando por sus railes, en la silenciosa noche.

Esta segunda es la realmente peligrosa. La que genera una base sólida. No grita, no se manifiesta, no tiene prisa ni se considera víctima pese a los reveses. Tiene el convencimiento de tener la única verdad de su parte, y eso la libera de cualquier atadura moral. No se le combate ni se le reprocha nada porque no tiene cara, porque es difusa, porque no está organizada. Pero la sentimos, nos impregna con su olor, y llega un momento en que es tan familiar que hasta dudamos si existe o simplemente es parte de la realidad. Pero existe, y tanto que si existe.

 

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